
Túmbate Dánae y espera a que caliente mis manos.
No estés tensa ¿es tu primera vez?
Lo voy a hacer con mucho cuidado; empezando por aquí, muy cerca de la cintura, y luego ascenderé en semicírculos hasta llegar a tu cuello. Así.
(silencio, respiración agitada)
¿Sabes que tus vértebras parecen teclas de un piano?
(sonrisa)
Relájate, anda, que ya no duele. Siente cómo se deshace tu piel en mis manos.
(silencio de nuevo)
En el cuello sentirás, tal vez, dolor. Pon tus manos debajo de la barbilla para que pueda hacerlo mejor. Buena chica.
(escalofríos)
Aquí también haré semicírculos hasta llegar al nacimiento de tu pelo.
(piel de gallina)
Ahora descansa un poco y vístete despacito. Nos vemos mañana.
Ya espero directamente tumbada boca abajo, con la lámpara de calor rojo sobre mí. Espero ansiosa que abra la puerta y entre. Sólo veo el uniforme blanco acercándose. Pero en cuanto posa sus manos sobre mí sé que es mi ángel.
Las espero (sus manos) como maná, como la tierra prometida, como la Jerusalem Celestis. Me estoy volviendo creyente porque ansío su cercanía con fervor. Es un gozo sobrenatural el que me recorre de arriba abajo; un éxtasis místico. Mi cuerpo se torna hora violín hora piano. Lo afina hasta la perfección. Soy un Stradivarius tumbado, el órgano de la catedral de Colonia, la filarmónica de Viena.
Me ha mirado un tuerto pero cada tarde me acaricia un ángel.
No estés tensa ¿es tu primera vez?
Lo voy a hacer con mucho cuidado; empezando por aquí, muy cerca de la cintura, y luego ascenderé en semicírculos hasta llegar a tu cuello. Así.
(silencio, respiración agitada)
¿Sabes que tus vértebras parecen teclas de un piano?
(sonrisa)
Relájate, anda, que ya no duele. Siente cómo se deshace tu piel en mis manos.
(silencio de nuevo)
En el cuello sentirás, tal vez, dolor. Pon tus manos debajo de la barbilla para que pueda hacerlo mejor. Buena chica.
(escalofríos)
Aquí también haré semicírculos hasta llegar al nacimiento de tu pelo.
(piel de gallina)
Ahora descansa un poco y vístete despacito. Nos vemos mañana.
Ya espero directamente tumbada boca abajo, con la lámpara de calor rojo sobre mí. Espero ansiosa que abra la puerta y entre. Sólo veo el uniforme blanco acercándose. Pero en cuanto posa sus manos sobre mí sé que es mi ángel.
Las espero (sus manos) como maná, como la tierra prometida, como la Jerusalem Celestis. Me estoy volviendo creyente porque ansío su cercanía con fervor. Es un gozo sobrenatural el que me recorre de arriba abajo; un éxtasis místico. Mi cuerpo se torna hora violín hora piano. Lo afina hasta la perfección. Soy un Stradivarius tumbado, el órgano de la catedral de Colonia, la filarmónica de Viena.
Me ha mirado un tuerto pero cada tarde me acaricia un ángel.
Poemas del alma
No tengo sólo un Ángel
con ala estremecida:
me mecen como al mar
mecen las dos orillas
el Ángel que da el gozo
y el que da la agonía,
el de alas tremolantes
y el de las alas fijas.
Yo sé, cuando amanece,
cuál va a regirme el día,
si el de color de llama
o el color de ceniza,
y me les doy como alga
a la ola, contrita.
Sólo una vez volaron
con las alas unidas:
el día del amor,
el de la Epifanía.
¡Se juntaron
en una sus alas enemigas
y anudaron el nudo
de la muerte y la vida!
Gabriela Mistral
Gabriela Mistral